Mujeres, tringlidinos y entropía narrativa

Me parece que empecé a escribir a alrededor de los 10 años. Una de las primeras cosas que noté, de las primeras observaciones críticas que le hice a mi propia obra literaria, es que mis historias casi nunca tenían personajes femeninos. Me pregunté muchas veces por qué. ¿Qué pasaba que nunca había mujeres haciendo cosas en lo que yo escribía?

Mi primera explicación

Sería fácil decir que como soy varón escribía sobre varones, pero es una explicación incompleta. Después de todo, mis personajes frecuentemente tenían características que no tienen nada que ver conmigo: tenían otras personalidades o eran de otros planetas, podían tener poderes que yo no tengo, podían tener colores de pelo que no son el mío y tener otros nombres. ¿Por qué, entonces, no pasaba casi nunca que tuvieran otro género?

Me lo terminé explicando de la siguiente manera: Los personajes son por defecto varones, sólo son mujeres cuando la historia realmente necesita que lo sean. Mientras yo no tenga nada que comentar sobre el género de mis personajes, hay una fuerza que me mueve a mantenerlos en el lado masculino del espectro. Como si el género masculino fuera de alguna manera una especie de neutro.

La explicación era un poco simplista, pero tenía algo de real. Y a no engañarse: yo era perfectamente consciente de lo injusta de la situación y deseaba que viviéramos en un mundo en que la literatura no tuviera esas reglas arbitrarias impuestas meramente por la tradición. Quería escribir mujeres, pero el hecho inevitable era que escribir mujeres implicaba hablar de género, mientras que escribir hombres evitaba el tema del género, y yo me sentía demasiado joven e ignorante como para tener nada importante que decir sobre el tema, de modo que evitarlo parecía la opción más atractiva.

Pero retrocedamos dos pasos y hablemos de este mismo fenómeno aplicado a categorías más amplias, quizá menos polémicas.

Tres historias

En la mayoría de las historias que escribimos y leemos, hay gente.

Gente, personas, humanos: esos mamíferos bonitos, relativamente estirados, famosos por su costumbre de caminar con los pies y hablar con la boca.

Existen millones de entidades el universo, hay millones de especies vivas y millones de variedades de animales, pero las personas tendemos a escribir mayoritariamente sobre otras personas, reales o inventadas, pero casi siempre humanas.

Como resultado, también tendemos a esperar que una historia se trate de personas. ¿Qué quiero decir? Propongo ilustrar algo de esto con el siguiente pequeño ejercicio mental:

  1. Alguien que vos conocés elogia una historia que vos todavía no leíste. Le pedís que te la describa un poco. Su respuesta es que la historia se trata de un humano del planeta Tierra que interactúa con otros humanos del planeta Tierra. Veamos. Es probable que esa descripción no te diga nada, que te sea insuficiente. Es probable que lo interpretes como que acaba de describir literalmente cualquier historia consumada o posible, y ninguna historia en particular.
  2. Pero si, en cambio, te dijera que la historia se trata de un elefante del planeta Tierra que interactúa con otros elefantes, lo más probable es que te dé la impresión de que sabés mucho más sobre esta segunda historia que en el caso de la primera. Te acaban de dar un dato importante, más particular.
  3. Si te hablan de una historia que se trata de un habitante del planeta Tringlen 24 que interactúa con otros habitantes del planeta Tringlen 24, no sólo te puede parecer que la descripción es bien específica, sino que hasta te atreverías a suponer, con un mínimo margen de error, cuál es el género literario al que pertenece. Incluso sin haber escuchado jamás de ese planeta que yo acabo de inventar.

Ahora bien, desde un punto de vista más tirando a objetivo, tanto los elefantes como los humanos o los tringlidinos son seres aproximadamente igual de complejos. Y la imaginación narrativa alcanza para contar tantas historias de unos como de otros, y tantas historias ambientadas en Tringlen 24 como en la Tierra. Pero estamos acostumbrados a tener historias de personas, de manera que cuando las historias se tratan de algo más, nos llama la atención. Y a la inversa, cuando la historia se trata exclusivamente de humanos, la especie de los personajes no nos resulta un dato relevante.

En cierto sentido, entonces, el concepto “humano” tiene menos información narrativa que el concepto “elefante” o “extraterrestre”. Que un personaje sea humano no nos dice nada de él ni de la historia en la que aparece. Que sea un elefante nos dice mucho.

O quizá un elefante extraterrestre

La plantilla del escritor

A mí me gusta imaginar que los escritores tenemos una especie de plantilla que usamos de base para crear personajes y mundos. Una suerte de documento, organizado en categorías, donde algunas opciones ya están seleccionadas de antemano. Es una plantilla instaurada por la tradición, y para ser precisos hay que aclarar que puede variar considerablemente de persona a persona o de comunidad narrativa a comunidad narrativa, pero se mantiene a través de las conciencias con una similitud impactante.

Uno de los campos en esta plantilla es “especie”, y por defecto tiene marcado el casillero “homo sapiens”. El escritor que inventa un personaje no se enfrenta con la pregunta simple de “¿a qué especie pertenece?” sino con la pregunta doble de “¿es un ser humano o no? Y si no lo es, ¿a qué especie pertenece?”

O mejor aún: “Tu personaje es un ser humano. Si querés que sea alguna otra cosa, escribila a continuación.”

Cuando leemos en una historia que un personaje es un humano, en realidad no recibimos ninguna información porque no nos dice nada de lo que el autor podría haber querido decir con la elección de su especie: simplemente sabemos que dejó el campo “especie” de la plantilla marcado en el casillero automático y no se detuvo a pensar qué especie sirve más para la historia que se dispone a contar. (Particular énfasis en que esto no necesariamente sea cierto, pero describe bien la impresión que causa en el lector. No es que el lector esté menos interesado en el personaje, pero sí menos interesado en su especie.)

Cuando el protagonista es un elefante, en cambio, sabemos que el autor se tomó el trabajo de editar el campo “especie”, de personalizar el orden biológico de su personaje, y por lo tanto, su historia va a esperar (probablemente) que estemos alerta a ese dato. Por esto es que el dato nos da más información: simplemente porque de alguna manera llega a nosotros, en forma de información relevante, el esfuerzo que se tomó hipotéticamente el autor en editar la opción automática.

Mi última explicación (por el momento)

Así que podemos decir que, en una cultura literaria donde las historias de elefantes son extremadamente raras, el concepto “elefante” contiene una cantidad de información muy superior al concepto “humano”. En lo que respecta a la escenografía, el concepto “Tierra” expresa mucha menos información que cualquier otro planeta posible.

Y de la misma manera, me atrevo a aventurar que durante una porción muy grande de la historia literaria (y quizá también hoy) el concepto “mujer” expresa mucha más información que el concepto “hombre”. Lo cual es particularmente cómico si tenemos en cuenta que mujeres son la mitad de las personas con las que convivimos, la mitad de quienes escriben y leen estas historias.

¿Son realmente más o menos complejos entre sí los conceptos que estoy comparando? No, en realidad no lo son. Pero narrativamente hablando, algunos se apartan más de la norma, y esto solo ya los dota de una información añadida. ¿Tenía razón mi Yo de 10 años en evitar los conceptos que contenían esta información extra? No, la información está ahí y pide ser expresada.

Hasta me parece que en muchos casos ya ni siquiera tiene tanto que ver con hablar de género, o de especies o de planetas. Simplemente encuentro en la desviación de la norma un valor positivo. Una manera de acercarnos a nuestras historias por rutas nuevas, rutas que no se gastaron tanto, que no están tan congestionadas, y en las que quizá la meta se ve más clara desde mucho más lejos.

Notas finales

  • Se me dio por escribir esto después de haber leído los tweets que se opusieron al comentario de Anita Sarkeesian sobre la falta de personajes femeninos en la conferencia reciente de Microsoft. Esencialmente porque muchos de ellos esgrimieron el mismo argumento que yo me planteé cuando tenía 10 años.
  • No puedo quedarme sin mencionar el cuento para chicos “Un elefante ocupa mucho espacio” de Elsa Bornemann, donde efectivamente el protagonista es no sólo un elefante, sino también un activista sindical.
  • Menciono también las novelas de ciencia ficción de Ursula Le Guin, porque tienen un trabajo muy interesante que subvierte las normas que establezco acá. La mina es muy hábil para presentar el concepto de “terrícola”, que usualmente tendría que ser liviano, como un concepto muy cargado de información y de… no sé, ¿otredad, extranjerismo? Sea como fuere, lectura recomendada.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *