El problema difícil de Chappie: ciencia ficción y sus paradojas

Advertencia: inminente discusión irrestricta de Chappie, de sus temas, su historia y su conclusión.

Como es común en la ciencia ficción, Chappie (Neill Blomkamp, 2015) gira en torno a una pequeña red de problemas filosóficos, especialidades científicas y objetivos tecnológicos.

En lo filosófico, es una película sobre el problema difícil de la consciencia propuesto por David Chalmers en 1995. Como es común en la ciencia ficción, la conclusión de la historia y la conclusión del problema van de la mano. Es decir, Chappie propone durante su clímax narrativo una respuesta particular a las preguntas existenciales que la inspiran: ¿Qué es la experiencia consciente? ¿Qué relación tiene con los procesos cerebrales de manipulación de información? Y la más importante, ¿es posible responder estas preguntas?

Tecnológicamente, la respuesta que aporta Chappie es un poco fantasiosa. Científicamente, la respuesta es simplona, obstinada, y perfectamente en línea con mi posición personal al respecto. ¿Es posible saber qué es la consciencia? Chappie nos responde: sí.

Voy a tratar de entender por qué en el camino a dar con esa respuesta, la victoria intelectual de Chappie, el protagonista, no es un triunfo sobre el villano que lo quiere ver muerto, sino sobre su creador y mejor amigo.

El problema difícil

Siempre trato de describir el problema difícil de la consciencia con mucho respeto. Es un planteo interesantísimo y muchos pensadores que respeto se lo toman muy en serio. Yo tiendo a pensar que no es tan importante como se anuncia y que visto de cierta manera no es en realidad un problema, pero nada de eso impide que lo encuentre fascinante.

Entender el problema es útil pero no es esencial para disfrutar Chappie, ni para leer el resto de este artículo francamente. Alcanza con saber que muchas personas están convencidas de que ningún análisis del cerebro humano, por más exhaustivo que sea, puede revelar la naturaleza de la consciencia. Para los interesados, me permito a continuación describir el problema difícil, como lo entiendo, de la manera más breve posible:

La idea es que la neurociencia avanza día a día en sus esfuerzos por entender los mecanismos mediante los cuales el sistema nervioso recibe impulsos y procesa información. Cada década nos va a encontrar más iluminados al respecto. Eventualmente, vamos a tener una idea quizá no completa pero sí abarcativa de cómo operan los mecanismos internos del cerebro.

Vamos a entender cómo llegan al cerebro las señales de los sentidos y cómo reaccionan las neuronas, a estas señales y entre sí, cómo almacenan y procesan los datos resultantes de maneras que eventualmente producen en el cuerpo movimientos específicos, actitudes corporales y emisiones sonoras, que a su vez pueden ser risas o gruñidos molestos o palabras, que a su vez pueden ser conversaciones o discursos o mensajes de voz o canciones improvisadas.

Aplicado a una máquina más simple, podemos imaginar los componentes internos de un reloj tomando el movimiento de la mano que le da cuerda y dando como resultado un movimiento constante y rítmico de sus agujas. Los engranajes se van empujando y el reloj lo hace sin saber qué está pasando ni tener una experiencia del hecho. Si por alguna razón supiéramos que el reloj está percibiendo lo que ocurre, nuestro entendimiento de su mecanismo no nos ayudaría a entender esa capacidad de percibir.

En el futuro de la neurociencia, podemos imaginar los componentes internos del cerebro poniéndose en acción y generando actitudes en el cuerpo humano. Podemos ver las neuronas desplegando sus capacidades y entenderíamos cómo esto hace que la dueña de ese cerebro tenga un comportamiento, pero no entenderíamos necesariamente cómo es que tiene una experiencia del mundo. Podemos entender cómo el cerebro procesa imágenes, por ejemplo, sin saber cómo genera la experiencia de lo que es el color verde.

Sólo sabemos que la consciencia existe porque la experimentamos desde adentro, y sólo intuimos que otras consciencias existen porque los cuerpos de los demás tienen los mismos síntomas que el nuestro. Ésta es la parte difícil del problema difícil: no sólo no sabemos qué es la consciencia, sino que tampoco sabemos qué podría llegar a ser o por dónde empezar a buscarla.

Si podemos imaginar los engranajes en movimiento de un reloj que muestra la hora sin saber que existe, podemos imaginar las neuronas en acción de una persona que vive y se comunica sin tener noción interna de estar en el mundo. Esta persona hipotética, con un cerebro mecánicamente idéntico al nuestro pero sin consciencia personal, es lo que en este contexto se llama zombi filosófico. Lo importante es que si existen personas así, no habría manera material de distinguirlas de las demás, y por lo tanto lo que nos distingue de ellas es misterioso.

No es necesario ser religioso para admirar el problema difícil o darle importancia, pero es fácil ver cómo el planteo está sugiriendo que la experiencia consciente tiene que tener sí o sí una base inmaterial, que no actúa de acuerdo a las leyes de la naturaleza como las entendemos.

Inteligencia artificial

El problema difícil es una presencia desalentadora en el campo de la investigación de la inteligencia artificial, y por lo tanto en el mundo de la ciencia ficción. Sugiere que podemos programar robots para que actúen como si tuvieran una experiencia personal, pero no tenemos manera de comprobar si efectivamente la tienen.

Chappie, entonces, pregunta si su protagonista, el robot llamado Chappie, cuya consciencia fue íntegramente programada por el joven Deon Wilson, es verdaderamente capaz de tener una vida interna y una experiencia del mundo, o si solamente está diseñado para fingirlo.

La respuesta que se nos ofrece, por supuesto, es afirmativa. Chappie tiene una consciencia y su experiencia del mundo es tan válida como la de cualquier ser humano. No es una respuesta particularmente original: la narrativa del siglo XX está plagada de máquinas que piensan y sienten.

El sentido común se dedica, entre otras cosas, a identificar la experiencia humana como singular e irreplicable. La ciencia ficción se dedica, entre otras cosas, a derribar las diversas manifestaciones de este artículo particular de sabiduría popular donde sea que las encuentre.

Como es común en la ciencia ficción, todos los personajes principales tienen posiciones personales al respecto, y en puntos importantes de la historia sus conversaciones son discusiones en las que sus opiniones se contrastan.

“No sos información”

Un personaje contradictorio en este sentido es Deon Wilson, el inventor de Chappie. El siguiente intercambio ocurre a los 80 minutos, cuando Chappie está contemplando instalar su consciencia en un cuerpo nuevo con una batería sana (la traducción desprolija es mía):

Chappie: —Deon, esto podría salvarme. Necesito un cuerpo nuevo, ¿recordás?

Deon: —No, no te puede salvar, Chappie. El problema es mucho más grande que tu batería.

Chappie: —¿Por qué?

Deon: —Porque sos consciente. No podés ser copiado porque no sos información. No sabemos qué es la consciencia, así que no podemos transferirla.

Chappie: —Chappie lo puede averiguar. Puedo saber qué es, y entonces me puedo transferir.

Deon: —¡No podés transferirla, lo siento!

La posición de Deon es extraña, y hasta cierto punto parece forzada para generar un conflicto que permita continuar con la historia.

Es importante notar que Deon no duda de la experiencia personal de Chappie. Deon cree (sabe) que Chappie está vivo y que es consciente, pero también cree que su consciencia no puede copiarse de un robot a otro.

No es inmediatamente claro cómo funciona este punto de vista. Al minuto 15 de la película el mismo Deon está terminando de compilar el archivo CONSCIOUSNESS.DAT exitosamente. Al minuto 25, está instalando el programa en el cuerpo de Chappie desde su computadora portátil.

Es claro que lo que instala, lo que efectivamente transfiere de un robot (su computadora) a otro, no es meramente “información” en el sentido estrecho que utiliza más adelante para desalentar a su creación. Chappie no alberga inicialmente información enciclopédica del mundo, ni siquiera puede hablar hasta que empieza a imitar el inglés de quienes lo rodean.

Para ser buenos con Deon, él nunca dice que la propuesta es absolutamente irrealizable. Puede ser que lo imposible, a sus ojos, sea realizarla con la rapidez necesaria. En el marco práctico de la historia, sin embargo, ambas posturas son esencialmente idénticas. Sea porque no tiene el tiempo o porque no existen las herramientas, el plan de Chappie está destinado a fracasar.

El problema fácil

Marcando el principio de lo que tiende a llamarse singularidad tecnológica, Chappie, un resultado de la creatividad humana, logra ser más creativo que la inteligencia que lo creó, y soluciona un problema que su creador consideraba imposible.

Utilizando su acceso directo a internet (que describe como la suma de todo el conocimiento humano) y un casco neurotransmisor capaz de transmitir instrucciones mentales de quien lo usa a una unidad remota, Chappie resuelve el problema difícil.

Como es común en la ciencia ficción, al menos en las historias que predicen la respuesta a una pregunta actualmente pendiente, la solución de Chappie nunca se explica en detalle y sólo se nos ofrecen destellos leves del objeto brillante.

Una descripción inicial utiliza términos bordeando lo místico, quizá con la excusa de que Chappie se lo está explicando a Yolandi, que sabe más de superstición que de neurociencia:

La consciencia es como energía. Este casco lee energía de vos y de mí. Sólo necesito averiguar cómo sacarla.

Cuesta imaginar que alguien con la competencia neurocientífica de un profesional utilice el término “energía” tan gratuitamente. No se explica en qué sentido esta energía no es “información” ni cómo tiene sentido que, no siendo información, el casco pueda “leerla”. Pero eventualmente Chappie descubre todo lo que tenía que descubrir.

Chappie Consciencia

Chappie: —Sé qué es la consciencia. Este casco puede leerla.

Es notable el impulso positivista de la situación. El triunfo intelectual de Chappie es el triunfo de la investigación científica, superando obstáculos tradicionalmente relegados por error a otras ramas de la indagación humana.

De hecho, el poder de procesamiento de Chappie le permite llegar a su conclusión en tiempo récord, estableciendo la relación causal que existe entre su investigación y el Progreso con mucha más fuerza que la investigación real, humana, lenta y llena de accidentes.

Es incluso sospechoso que Chappie obtenga respuestas para las que en realidad haría falta acumular datos de escaneos cerebrales de una cantidad de sujetos experimentales de los que Chappie no dispone. Puede argumentarse que tiene acceso a miles de escaneos publicados hasta la fecha, pero es claro que sus descubrimientos requieren lecturas de parámetros que sus contemporáneos ni siquiera habrían empezado a monitorear.

Chalmers no sólo describió el problema difícil. El problema fácil de la consciencia, el de averiguar a través de la investigación científica cómo procesa información el sistema nervioso, también es parte de su planteo. En realidad el planteo es que hay dos problemas distintos, el fácil y el difícil, donde gran parte de la neurociencia ve uno solo. Y que la neurociencia avanza en uno creyendo que va a resolver el otro, lo cual no es posible.

Preguntar cuánto tenemos que entender del mecanismo cerebral para averiguar qué es la consciencia vendría a ser tan incongruente como preguntar cuánto tenemos que mezclar un mazo de cartas para que el sol se vuelva verde.

Chappie (tanto la película como el personaje) pone el problema sobre la mesa para después atravesarlo, no sin cierta insolencia, como si nunca hubiera existido. Chappie se pone las pilas con el problema fácil y alcanza la solución del difícil. Chappie mezcla esas cartas tantas veces que el sol queda hecho una lechuga.

“Un problema espiritual fundamental”

Que el principal obstáculo en su emprendimiento científico sea la oposición de Deon es más curioso aún considerando que la película ya cuenta con un antagonista, Vincent Moore, para representar la oposición a la tesis central de la historia. La presentación del personaje, durante el noticiero introductorio de la película, es bastante explícita al respecto:

Anderson Cooper: —Antes del éxito de los ubicuos robots policías de tamaño humano, había un travieso más grande en la cuadra: el Alce. Vincent Moore es un diseñador de armas y ex soldado. Tiene un problema espiritual fundamental con la inteligencia artificial.

Vincent Moore: —Tengo un robot que es indestructible. Es operado por un ser humano pensante, adaptable, íntegro, moral.

La consciencia avanzada de Chappie ni siquiera existe en este punto, y sin embargo Vincent ya se opone a la inteligencia comparativamente rudimentaria de los robots inventados por Deon. Se establecen ágilmente los motivos de esta oposición: el éxito de Deon eclipsó el suyo y condena la inteligencia artificial en términos espirituales. El acento natural del actor Hugh Jackman, además, nos indica que Vincent es australiano, como David Chalmers.

También se establecen, de manera un tanto estereotipada, los orígenes de su carácter hostil: fue militar y su interés principal, incluso fuera del ejército, son las armas. Eventualmente aprendemos de su afición al boxeo y al fútbol americano.

Más adelante, señalando el interior expuesto de la cabeza de Chappie, Vincent dice:

Tu programa simple de inteligencia artificial te hace creer que sos real. Pero ¿sabés qué hay acá? Nada. Un montón de cables.

Espiando la conversación citada más arriba entre robot y creador, quizá enfrentándose internamente a la posibilidad de que Chappie sí esté vivo y sea consciente, Vincent se persigna. No llega a decir que Deon está jugando a ser Dios, pero evidentemente alguna valoración mística de la consciencia en su expresión orgánica explica su aversión por una consciencia manufacturada artificialmente.

Vincent es un soldado envidioso amante de las armas y temeroso de Dios. Su versión personal del cristianismo se opone, oh casualidad, a los avances científicos encabezados por su contrincante en el concurso de popularidad que transcurre en secreto en su cabeza.

Es también un hipócrita: Se convence de que Chappie meramente cree ser real, sin darse cuenta de que el hecho de que Chappie crea cualquier cosa va en contra de su cosmovisión. Quiere combatir el crimen creando una máquina de matar (en ningún punto tenemos la impresión de que el Alce pueda inmovilizar a alguien sin destruirlo en el proceso). Se jacta de la superioridad moral de la consciencia humana, pero a la hora de usarla le ordena a su creación atrocidades que ningún otro robot en la película se acerca siquiera a cometer.

No debe y no puede, respectivamente

Y sin embargo, repito, cuando Chappie descifra el secreto de la consciencia no está triunfando sobre la oposición abierta de Vincent, sino sobre el escepticismo resignado de su creador.

Esto es narrativamente ingenioso: si Vincent creyera que Chappie no puede salvarse, sus intentos de destruirlo tendrían menos sentido. También es ingenioso que la salvación de la inteligencia artificial de Chappie dependa finalmente del casco neurotransmisor que Vincent inventó justamente para prescindir de la inteligencia artificial en su proyecto.

En principio, cabe señalar, Vincent se opone a la existencia de Chappie, o a su potencial popularidad o a su libertad de acción, pero no a la posibilidad de copiarlo en otro robot. Si bien no emite opinión al respecto (y si bien podríamos esperar que se opusiera a perpetuar la vida de una aberración) su convicción de que Chappie es “simplemente” un programa al menos le impediría afirmar, como hace Deon, que Chappie está condenado a morir sin chances de copiarse en otra unidad.

Lo cual explica por qué Vincent no es quien se opone a Chappie en este punto específico, pero ¿por qué quien sí se opone es Deon? ¿Por qué esta contradicción? El primero en creer que una máquina puede expresar sentimientos decide de pronto que ninguna tecnología humana es capaz de transmitir sentimientos de un punto a otro. El primero en imaginar un experimento científico capaz de escribir poesía decide de pronto que el secreto de la consciencia excede las capacidades de la ciencia.

Los primeros minutos de la película nos hacen creer que el rol del científico entusiasta va a estar ocupado por Deon, el personaje que efectivamente es un investigador científico. Pero Chappie, cuando de evitar su propia muerte se trata, no duda en usurpar el puesto y triunfar ideológicamente sobre Vincent y Deon, para quienes la ciencia no debe y no puede, respectivamente, descifrar la consciencia.

Una paradoja de la ciencia ficción

Si el antagonismo bienintencionado de Deon no puede explicarse en la ficción interna de la película, podemos tratar de explicar qué función cumple para la narración. Vendría a ser una explicación extra-diegética, pero tiene que ser más compleja que “personaje A hace X cosa porque si no lo hiciera la historia no podría seguir”.

En parte podría explicarse en una necesidad narrativa por incluir la ya mencionada singularidad. Chappie no llega a crear una inteligencia superior a la suya, pero al menos demuestra que su inteligencia no sólo alcanza sino que además excede las capacidades de la inteligencia humana. El resultado es un adelanto tecnológico de prepo, la invención súbita de la transferencia cognitiva entre robots y humanos (cuya verosimilitud no me preocupa en este contexto). La singularidad tecnológica es un salto en el ritmo de los avances intelectuales humanos, una melodía que inquieta al adelantarse varios compases sin avisar.

Me parece sin embargo que hay un principio más profundo operando en el corazón de la contradicción de Deon. Un principio que atraviesa a la ciencia ficción y a los valores que representa.

Como afirmé al principio, la mayoría de las historias de ciencia ficción nacen de una fascinación por un problema intelectual vigente, con cierto énfasis en las implicaciones filosóficas de determinados logros tecnológicos. Más preciso todavía es decir que hay una manera particular de fascinarse por un problema, y que cuando la reconocemos en una historia la llamamos ciencia ficción.

Para que un problema nos fascine es casi necesario que no lo hayamos resuelto. Existe sin duda el placer estético de una solución elegante, pero intuyo que no es lo que está detrás del tipo de historias a las que me refiero.

Paradójicamente, para que una historia como la de Chappie tenga algo que aportar al problema en cuestión, es casi necesario que proponga una solución, o que plantee un futuro en el que dicha solución es encontrada.

Escribir sobre un viaje espacial requiere que nos fascine la vastedad del universo, las distancias interestelares, el problema de que no es posible surcar el abismo sin morir varios siglos antes de llegar a la estrella más cercana. También requiere que imaginemos una nave capaz de hacer exactamente eso, o una cultura capaz de lidiar con la espera, o alguna otra solución que me elude.

Escribir sobre las aventuras de una consciencia artificial requiere que nos fascine la dificultad del problema difícil, nuestra aparente incapacidad intrínseca de descubrir la naturaleza exacta de la experiencia personal. También requiere que nos imaginemos derribando el problema, que visualicemos a un investigador cognitivo en su momento de eureka, o a un robot diciendo “sé qué es la consciencia y este casco puede leerla”.

Para poner en movimiento los eventos que hacen de Chappie lo que es, Deon tiene que ser esa conquista futura del intelecto, tiene que alcanzar su eureka y descifrar la consciencia, programarla e instalarla en un robot antropomórfico moribundo.

También tiene que ser esa estupefacción asombrada que nos invade hoy a nosotros, cuando la consciencia parece indescifrable. Tiene que considerar las reflexiones de Chalmers y maravillarse por cuán complejo es el fenómeno de la consciencia, a la que no podemos encontrarle una explicación que, francamente, ni siquiera sabemos cómo se vería.

Una historia de ciencia ficción necesita contener esos dos elementos. Deon simplemente quedó atascado entre ambas expresiones de la misma fascinación.

Chappie Pantalla

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